viernes, 19 de junio de 2026

Puertos de Agüeria (16 de mayo 2026)

Después de Dios, Quirós

Somos animales de costumbres o, mejor dicho, somos animales, sin más. Y nos gusta evadir la maldita rutina, en nuestro caso, yéndonos al monte, a ver y saborear los colores de la naturaleza, lo que no tenemos en el día a día. Nos da una sensación de libertad, de romper con todo. Esto es tremendamente estimulante. Y lo hacemos con rabiosa disciplina: al menos una vez cada quincena.

Pero hay paisajes y paisajes. Y paisanajes también. El paisaje de los Puertos de Güeria es de lo más sobrecogedor de nuestra tierra asturiana. Todavía me acuerdo de la primera vez que vi los Puertos, allá por 2014, bajando de Peña Rueda, con sus bosquetes de acebos como archipiélagos flotantes en un mar de verdes brañas, y por encima las vertiginosas paredes donde se alzan los Huertos del Diablo, ascendiendo en vertical hacia los cielos azules de Quirós.


Desde ese momento me gusta volver en cuanto tengo ocasión, y ahora que tengo menos opciones de ir, aprovecho esta oportunidad que me brinda el Grupo de Montaña de la Universidad de Oviedo. Si además tenemos nieves tardías de mayo, una jornada sin lluvia, la buena gente del Grupo, y una cerveza después, tenemos lo que queremos: silencio blanco, cumbres solitarias, caliza abajo y azul arriba. La perfección.

En un alarde de místico ateísmo, nos dirigimos, con la fe del converso, a rendir culto a la belleza, la belleza de la montaña asturiana. No somos inmunes a las modas, y en estos tiempos de auge religioso, nos subimos a la ola a nuestra manera: espirituales, sí. Materialistas, también. No existe más vida y más realidad que esta que vivimos, así que disfrutémosla con toda nuestra alma.

No te duela Señor, si tu nombre profano; 
mi alma se ha fundido con la Naturaleza, 
y dentro de mi alma en un altar pagano
rindo culto a la eternidad de la Belleza.

Antonio Gamoneda

Saliendo de Ricabo, y siguiendo el curso y el valle del mismo nombre, nos deslizamos por la pista que, saliendo del pueblo, atraviesa Bueida y sube hacia el Puerto Ventana. El verde fosforito de la primavera nos recibe salpicado por aquí y por allá de las nieves caídas los días anteriores, en este furioso mayo albino, lluvioso y fresco. Ya vendrá el bochorno después, ahora pisemos un poco de nieve mientras dure.


Dejamos la pista, que sigue serpenteante, y tomamos un sendero. A la izquierda Peña Rueda, a la derecha las tremendas paredes grisáceas de lo que imagino ser la espina dorsal de un monstruo telúrico y enorme del mundo antiguo. Y que, muerto hace millones de años, nos dejó como fósil la arista rocosa que va incesantemente, levantando desafiantes sus afiladas agujas calizas, desde los Huertos, pasando por los Fontanes, el Siete, los Castillines… hasta la Peña Ubiña. El corazón de las Ubiñas, un sitio privilegiado. Y privilegiados nosotros también, el monstruo nos deja venir, contemplar y disfrutar todo esto.


Llegamos a La Trelda, laguna kárstica cuyas aguas van y vienen (hoy parece seca), y nos ponemos a pisotear sin tregua la sorprendente nevada de mediados de mayo, que aquí empieza a tener cierto grosor, y que centellea bajo los rayos de sol que, a ratos, salen y nos dejan preciosas estampas que van directas de nuestra retina a nuestra memoria. Desistimos de subir el tramo final de la ruta, debido a la nevada, y aunque técnicamente no llegamos a pisar los Puertos, los intuimos con toda su grandeza. Así que a comer, hacer fotos y media vuelta, antes de que el monstruo se enfade por nuestro atrevimiento y nos eche de malas maneras.


Sin pretenderlo, debido a la cancelación de las dos siguientes rutas, terminamos de una manera insuperable esta temporada de montaña 25/26, y ya van unas cuantas. Nos espera la cena fin de curso en el llagar de sidra Juanín, en Tiñana, y luego nos retiramos a nuestros cuarteles de verano, a ver pasar la vida, y a esperar el otoño, donde volverá la montaña y la rutina. ¡Hasta siempre!



Pulsa aquí para ver la galería completa de fotos