Teníamos la intención de ver el hayedo en su máxima expresividad cromático-otoñal, pero el viento furioso y la inaccesibilidad del bosque, que se quería tornar en selva (con sus pinchos, ramas y senderos difuminados), nos impidieron adentrarnos en Pome.
Pome, según Xulio Concepción
Bosque de Pome desde el Mirador del Rey
Así que simplemente dimos un “paseín” por la Vega de Enol, los tres lagos de Covadonga, (incluyendo el lago Bricial, que aparece y desaparece como el Guadiana) y las minas de Buferrera.
El Bricial
Pero esto no afectó al evento principal de la jornada: nuestro homenaje a Raúl, guía, jefe y hacedor del grupo de montaña de la Universidad de Oviedo. Así expresa su gratitud la gente que conoció a Raúl durante estos largos años: ¡Oh capitán! ¡Mi capitán!
Entonces, tras la ruta, abrimos un poco el apetito y fuimos a celebrarlo. ¡Gracias Raúl!
Quizás sea un mero acercamiento estético, un deleite sensorial por la belleza de la naturaleza. Infinitamente más hermosa que cualquier creación humana.
También está el aspecto deportivo, bien como esfuerzo atlético, bien como autosuperación de los límites propios.
A otras personas les motiva la conquista de una cima, de una meta. El poner un banderín en la cumbre y tacharla de la lista de objetivos.
¿Las montañas son un medio o un fin en sí mismas? ¿Escapamos de nuestra vida moderna o buscamos nuestro hogar allí? ¿Huimos de nosotros mismos? Tal vez simplemente nos llaman con cantos de sirena y debemos acudir a su encuentro.
Escoge tú lo que más te convenza. Yo creo que puede ser una mezcla de todo lo anterior.
Así que otro sábado más, poseídos por esta extraña pulsión vital, retornamos a su cobijo. Somos presos de un hábito quincenal. Aunque desde luego, en esta jornada de hoy, lo que nos espera es lanzarnos al barro. Literalmente.
Con esto del cambio climático no sabe uno por dónde tirar. Asturias últimamente oscila entre ser un paraíso tropical y ser como Nepal en la temporada de monzones (en noviembre récord de precipitaciones y 20 días consecutivos de lluvia). ¿Voy en chanclas? ¿Me pongo el bañador? ¿Cojo botas de invierno? La insoportable levedad del ser, problema existencial(ista).
Debido a la lluvia hacemos una leve modificación del plan: saldremos de Covadonga para hacer la Cruz de Priena y luego ya veremos. De cinco excursiones que llevamos en la temporada, cuatro cambios tuvimos que hacer por la climatología. Al menos estamos en Picos, y eso siempre es un acontecimiento notable.
Partimos de la Cova Domina acompañados de una buena cortina de lluvia, para tomar la senda que serpentea directa al pico Priena. Ya estuvimos aquí en 2017, no obstante es una gozada volver. Es una cumbre accesible con unas vistas maravillosas.
A la mara cara, buen tiempo. Creo que era así
Nuestra vista: espiritual. Nuestra ropa: empapada. Nuestra marcha: corta. Vamos bien acompañados hoy de una Oma germánica, que va lenta pero segura. Con casi 80 años soportando el desnivel y el mal tiempo, ahí es nada. Para que te quejes luego de tus achaques; vergüenza debería darte.
Hacemos cumbre bien duchados y, como nos gusta complicarnos la vida, en vez de retornar decidimos continuar hacia los Lagos. Se ven algunos claros en el cielo, tiene pinta de que va a despejar. Quien no se consuela es porque no quiere.
El mulo que va en cabeza intenta enlazar la cumbre con la senda Frassinelli y cumple la tarea con creces, haciendo una exfoliación grupal gratuita a base de pinchos del matorral y monte bajo que atravesamos.
En este momento creemos ingenuamente que lo peor ya ha pasado. Aparece el sol, las cumbres santas se dejan ver, todo es maravilloso. Definitivamente ¡Al lago Enol!
La Torre de Santa María luciendo sus mejores galas blancas
Pero, ay amigo. Los 20 días de lluvia non-stop convierten un camino sencillo en un infierno de barro y charcos (mejor dicho lagunas) por la que avanzamos indolentemente despacio. Varias veces algunos miembros del Grupo se hunden hasta casi las rodillas. Esto no es andar, es chapotear en el fango.
Nos lo tomamos con bastante buen humor. Las botas y el cutis necesitan hidratación. El único problema es que nos queda un buen trozo hasta el aparcamiento de Buferrera, donde nos aguarda el bus, y a este paso se nos va a hacer de noche.
No es para tanto, exagerados
Para evitar males mayores salimos a la carretera y afrontamos la parte final de la ruta por asfalto que es más rápido. Después de un buen rato pisando el duro suelo, a un kilómetro más o menos de llegar al lago Enol, nos recoge ya muy cansados el autobús en una curva, pasado ya el mirador de la reina.
Hay mucho buitre en el mirador de la reina
Hartos ya de barro y lluvia, nos quedamos sin ver los Lagos. Hoy puede más el ponerse ropa limpia que completar la excursión, incluso para los nativo-asturianos. Otro día será, los lagos seguirán ahí. Qué día más raro...
No importa al sitio al que me dirija, ni las tierras que yo vea. No la hay tan guapina como mi Asturias, al menos para mí, aunque no soy objetivo: la veo con los ojos de un enamorado.
Contra ese cielo impasible, vertical, inquebrantable, firme sobre roca firme, herida viva de su carne.
Pedro Garfias
Mi Asturies, en días como hoy, parece estar pintada a mano
Fervor patriotero y terruñista me evocan los paisajes vistos en un día como hoy, aunque ya estén más que contemplados. Qué tendrán nuestros pasos que inevitablemente nos traen de vuelta al origen, quedando atrapados en un bucle, bien cerca de lo familiar. Lo fácil sería huir de la rutina, espíritu de nuestro tiempo (la huida, no la rutina). El hábito hace al monje. Por eso volvemos siempre que podemos a los Picos de Europa: hoy a la senda de Caoru, en un día como ayer, un ayer de hace casi tres años.
Andando la senda, la senda del tiempo
Como en un particular hábito montañero de repetición, me veo de nuevo madrugando, soportando cada curva y cada mareo de las dos horas de interminable autobús, metiendo codos en la barra para pedir en el café Cares de Arenas de Cabrales, y saliendo para arriba con el desayuno en la boca del estómago, para retornar una vez más a los Picos de Europa.
Quién se podría cansar de contemplar esto
La sierra de Portudera se erige como muralla entre Arenas y Tielve, separando los cursos del Duje y del Cares, y la senda de Caoru la recorre de lado a lado. Recordando mis palabras de entonces: la sierra es atravesada por la calzada de Caoru, antigua vía romana con tramos empedrados todavía bien conservados. Aunque, como en otros casos en Asturias, "romano" se aplica a puentes y caminos probablemente altomedievales. Esta senda, continuada por los puertos de Aliva, unía la costa oriental asturiana con la meseta castellana.
Un tramo de la calzada que pica para arriba
Y sigue: por fin coronamos la sierra en el Collau del Posadoiru (1240 m), para así cambiar de vertiente y, en el límite del Parque Nacional de los Picos de Europa (el más antiguo de los que hay en España), quedar mudos por la belleza imponente de las torres calizas que se despliegan ante nosotros.
2016: Torres calizas e italianos
2019: ídem. Déjà vu. Examen de agudeza visual, encuentra las diferencias
Y para terminar reproducimos el ligero orbayo, el cabrales y el orujo en el hostal-quesería el Duje, llegando a Tielve. El eterno retorno, la natural belleza de nuestra tierra. Y lo de siempre: vamos ya para Oviedo que tengo la boca seca. Nos vemos después de Pascua.
Hoy toca despedirse por esta temporada de los Picos de Europa. En breve se taparán con su blanca manta para descansar en silencio otro invierno más. Hasta el verano que viene no volveremos, cuando el sol libere los caminos y sus moradores (rebecos, buitres, ¿gigantes?) nos dejen regresar.
El Parque Nacional ya es un venerable anciano centenario que hay que tratar con consideración para que conserve su salud y buen humor. Nuestro abuelo de las montañas tiene que vivir al menos cien años más; quisiéramos que fuera para siempre. Es algo cascarrabias, bruto y de encanecida barba, pero generoso. Como el abuelito de Heidi. Mejor no hacerlo enfadar.
Acostumbrados a la rutina de los sábados -uno sí, uno no- despertamos sobre las 7. Mejor dicho nos levantamos. Aún queda mucho para despertar. Desayuno, mochila, ducha, salir corriendo. Tengo la sensación de que se me olvida algo: ¿las gafas de sol, la cremina solar, el bocadillo? El bus no espera o sí que espera. Siempre hay gente que llega tarde. Paciencia, paciencia por favor. Intentad ser puntuales. Abrazos, risas, las preguntas habituales (¿llego ya Ana Mañanes? ¿viene hoy Jesús?). Que fame y que sueño. Todos a bordo, que vamos a despegar.
Dan buen día y nos dirigimos al oriente astur. Aunque el sol está perezoso como nosotros y sólo se deja vislumbrar. Lo cubre una cortina de ligera niebla matutina.
Bello amanecer desde el autobús. Por autopista nadie se marea ¿eh golfos?
Entre ronquidos y arrepentimientos de la fiesta del viernes noche, arribamos a Arenas de Cabrales. Queremos pincho y lo queremos ya. Nos repartimos por los diversos establecimientos. Somos Atila y sus hunos sedientos de botín: el piscolabis. Algunos ya desayunaron en casa. No me extraña que seamos el terror de los camareros, ya que nos agolpamos en la barra y es imposible atender a 40 personas de golpe. Más paciencia por favor.
La visita al baño extrema es un must del grupo. Imprescindible. Largas colas se forman curiosamente cuando quedan 5 minutos para la hora de salida. "Chicos, en 5 minutos nos vamos, si alguien tiene que ir al baño...". Debe de haber conexión directa entre el tímpano y la vejiga -vía cerebelo- y más de uno, al oír tal recordatorio, sufre de repentina incontinencia. Depósito de paciencia en la reserva: hay que repostar.
Saliendo de la villa la carretera se torna serpenteante hacia las estribaciones de las altas cumbres calizas de la cordillera. El sol nos recibe gentilmente llegando a Puente Poncebos, donde también nos dan la bienvenida hordas de turistas con ganas de patear el Cares. Por suerte nosotros nos desviamos para usar la GR 202 - Ruta de la Reconquista.
Poza hermosa en el Cares, perfecta para un bañín / ahogar turistas
El camino a Bulnes era la vía usada para ir a Vega de Urriellu pasando por Pandébano, antes de existir la subida por las invernales de Sotres, que es lo habitual ahora. De esta forma se ahorran unos 1000 metros de desnivel. Antaño para llegar al refugio ya se gastaba un día entero (aprox. 2000 m desnivel, 10 km, 8 horas).
Bulnes, Sotres, Tielve, Tresviso, Bejes... ¿qué llevaría a sus primeros habitantes a
vivir allí, tan lejos de todo, con una vida tan dura? ¿De qué huían? ¿No
tenían otras tierras donde asentarse? Preguntas, preguntas.
Bulnes de abajo
Bulnes de arriba o el Castillo
Al poco de iniciar la marcha desde Poncebos nos apartamos del Cares cruzando el puente de la Jaya e iniciamos la subida a Bulnes, el único pueblo asturiano sin acceso rodado. Si eres un poco vago puedes usar el funicular. Y si te sobra la pasta. Casi 20 euros el viaje. Si pulsas este enlace verás que lo gestiona nuestra compañía de autobuses preferida. Ya decía yo, ya. Infraestructura financiada con dinero público. Beneficios privados. Tin ton tin: próxima estación, Bulnes. Rogamos vigilen sus pertenencias.
Decir que la subida a Bulnes es espectacular es quedarse corto. Lo que te pierdes por usar el funicular.
El camino repta pegado a la roca caliza y zigzaguea una vez, otra vez. Y otra vez. Hasta llegar a la preciosa villa. Me gusta Bulnes. Tiene tantos bares como casas. Yo quiero una casita aquí. Aunque para ver el Picu se necesita subir un extra. Y sufrir. Son sinónimos.
Nos reagrupamos en este punto. El estado físico del grupo es tirando a flojo, tengo que ponerlos a tono. Eso sí, voluntad no falta: nadie se queda aquí y todos queremos subir a Pandébano. Y eso que opciones culturales no faltan para pasar una buena tarde de sábado. Cuando digo culturales ya sabéis que hablo de chigres. Comer y beber es parte de la cultura de un lugar.
El caminín empedrado que sube a Pandébano parece formar escaleras. La roca está bastante gastada y en algunos puntos hay barro. Mucha precaución para bajar, no vaya a ser que alguno se disloque algo. Romper una piedra con la cabeza es otra posibilidad. O ambas a la vez. 2x1.
La caliza y los espacios abiertos dejan paso a la espesura y la foresta nos sorprende con sus colores otoñales, aunque todavía es pronto para ver la paleta completa de tonos pardos. Sería necesario volver un par de semanas después.
Verdes brañas, hojas de otoño, rocas blancas, sol y cielos azules. Yo me quedo aquí
Picu Urriellu entre neblina. Amo y señor de estas alturas
Con cierto esfuerzo dejamos atrás el bosque y un sol resplandeciente, junto a un cielo limpio y azulísimo, nos alegran la parte final de la subida. Los espacios se vuelven a ensanchar. Estamos ya en las majadas del collado de Pandébano. Nuestro Urriellu también nos saluda y no se me ocurre mejor lugar para comer (y si pudiera: dormir la siesta). El día y el lugar están inmejorables.
Nuestro grupo, que estaba muy alargado por la estrechez de la ruta, va llegando poco a poco. Sentados y felices, comemos. También charlamos y reímos. Aquí reina la armonía. Nos dura poco, hay que bajar y volver al mundo real. Lástima. ¿Y si me quedo en una cabaña? Del alemán de Corao al informático de Pandébano.
Debilitados por el tiempo y el destino, pero resueltos a luchar, buscar, encontrar y no rendirse jamás.
(interpretación: poneos en mejor forma)
La bajada resulta pesada y larga, las "escaleras" de piedra con barro
son peligrosas. Estábamos muy bien allá arriba. Mucho cuidado.
Reagrupación en Bulnes y sin parar hasta el autobús.
Carreta y vuelta a Oviedo. Espero que los Picos de Europa nos esperen el año próximo. Nuestro agradecimiento al señor-jefe de todo esto: Raúl. Sin ti esto no sería posible. Todos te queremos un montón. Hasta la próxima. Quiero ver más montañas y azules horizontes.
Nuestros Picos, esas hermosas y salvajes torres calizas, tan singulares, tan caóticas, llegan a su primer centenario.
Bueno, estas jovencitas no (ya llevan a sus espaldas algunas decenas de millones de años, desde la orogenia alpina) sino el Parque Nacional Picos de Europa, el primero de España, creado en 1918 con la idea de proteger este paraje inigualable, y conseguir en la medida de lo posible, un equilibrio entre el ser humano -presente aquí desde tiempos inmemoriales- y la naturaleza.
Tres macizos principales lo conforman, de oeste a este:
Se llamó originalmente Parque nacional de la Montaña de Covadonga, cubriendo por entonces sólo el macizo occidental. Y fue impulsado por el gijonés Pedro Pidal, primer alpinista en coronar el Urriellu, y al que pretendemos visitar hoy en el Mirador de Ordiales (dos años después de la última vez).
Allí, grabado en la roca, está su conocido y poético epitafio, donde reposan sus restos:
Enamorado del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, en él desearíamos vivir, morir y reposar eternamente, pero, esto último, en Ordiales, en el reino encantado de los rebecos y las águilas, allí donde conocí la felicidad de los Cielos y de la Tierra, allí donde pasé horas de admiración, emoción, ensueño y transporte inolvidables, allí donde adoré a Dios en sus obras como supremo artífice, allí donde la Naturaleza se me apareció verdaderamente como un templo.
El parque actual cuenta con más de 67000 hectáreas, repartido entre las vecinas regiones de Cantabria, León y Asturias. Con ciertas polémicas y problemas en su gestión, esperemos que dure muchos años más, y que guarde las esencias de este pequeño rincón, tan rico en flora, fauna y etnografía. Y en montañas por supuesto.
Que cien años no es nada, o algo así decía la canción.
Sábado 12 de mayo de 2018
Siempre es un placer madrugar para ir a visitar los Picos. Lo malo que esta vez se nos va a torcer un poco la historia: Raúl debió levantarse con el pie izquierdo (o en su caso el derecho), Calixto igual miró mal a alguien, yo debo estar de lunes. No sé, algo raro pasa hoy.
Alegres y ufanos por la nacional 634, pasamos Arriondas y llegamos a Cangues, parada obligatoria para desayunar en la estación de autobuses, el único bar que en teoría puede atender a 60 personas en un tiempo razonable. Pero no parecen muy alegres de vernos y nos sirven un poco de mala gana. En fin, no pretendamos caer a todo el mundo bien.
¡Seguimos a Covadonga! En el santuario nos reciben una niebla espesa... y también los guardas del parque, que custodian el acceso a la carretera de los Lagos, cada vez más cerrada al tráfico particular. Por algún error administrativo u olvido, no nos quieren dejar pasar, ya que hay que pedir permiso con antelación al Consorcio de Transportes de Asturias. Lo hicimos (somos serios y formales) pero parece que se traspapeló. Aburridos esperamos media hora a que se resuelva el entuerto, con las ganas que teníamos de caminar. Cabreo aumentando.
Por mi nos dejamos de milongas y privatizamos la carretera de una vez, y de paso le cambiamos el nombre al lago Enol por LAḶḶSA "lago de los autobuses Ḷḷuarca sociedad anónima". Otro caso más de infraestructura creada con dinero público y saqueada (ups gestionada quería decir) por lo privado. Ahora ya desde mayo la carretera es suya con un horario cada vez más restrictivo.
Somos positivos y no permitimos que esto nos amargue el día, así que en un rato estamos caminando por la Vega de Enol como si nada. El cielo amenazante parece querer descargar sus aguas sobre nosotros en cualquier momento, y la vista de las torres santas cargadas de nieve hasta los topes nos auguran que va a ser imposible subir hasta el mirador.
A la vera del lago Enol no hace mucho sol
Las peñas santas con "algo" de nieve. 2018, año de nieves, año de bienes (para los de siempre)
Estos días primaverales en Asturias son un misterio, y cuando se elige la indumentaria hay que jugársela. Tan pronto sale el sol, como nieva. ¿Llevo pantalón corto? ¿Pongo crampones? ¿Cojo el bañador por si me doy un chapuzón en el lago? Dudas existenciales de las mañanas de los sábados.
La subida al refugio de Vegarredonda es de sobra conocida por nosotros, y atraviesa unos cuantos lugares muy transitados de los Picos: la pista de Vega de Enol, Pandecarmen, el pozo del alemán (Roberto Frassinelli, el alemán de Corao), las preciosas praderías de Vega la Piedra y Vega de Canraso, la majada de Rondiella y finalmente el collado de la Gamonal, tras el cual se llega al refugio. Es un camino fácil, pero aparece la niebla y la nieve, así que nos agrupamos para ir más seguros. No es la primera vez -ni será la última- que alguien se pierde por aquí.
Hay demasiada nieve y se decide no continuar hasta Ordiales. Es una lástima, el marqués tendrá que recibirnos para otra vez. Aunque creo que no íbamos a ver mucho desde el mirador... Así que, aunque no nos dejan usar el baño, que está cerrado con llave, paramos a comer aquí, unos en el refugio y otros fuera. Jefe no te enfades más o te saldrá una úlcera. Yo ya empiezo a ver las cosas de otro color, en concreto verde, verde como el orujo de hierbas que me tomé de postre.
Sin más alternativas que bajar, y aunque se está muy a gusto dentro del refugio, retrocedemos por donde vinimos y la primavera asoma en algunos momentos, deleitándonos a veces con rayos de sol y las vistas bonitas que nos privó antes la niebla. Qué bonitos son los Picos.
Llegamos al aparcamiento del Lago Enol y el autobús no está, y tampoco hay cobertura de teléfono. Y empieza a nevar a todo trapo -este tiempo está más loco que la gente-. Tranquilos todos, vivaquear aquí no sería tan malo. Después de un rato el autobús aparece: la mitad del aparcamiento estaba ocupado por el avituallamiento de una carrera y la otra mitad es propiedad de la famosa empresa de autobuses, que nos echa de allí. Cabreo máximo. Necesitamos matar a alguien, también nos sirven unas cervezas.
Volveremos aquí en situaciones más propicias. ¡Nos vemos en las Ubiñas!